Lidia
Lidia vivió dos épocas de TOC con pensamientos sexuales intrusivos sobre niños. Su relato en primera persona muestra que sí se puede recuperar la vida.
El post de hoy lo introduzco yo pero lo escribe otra persona, en este caso la llamaremos Lidia. Lidia acudió a consulta con un diagnóstico de TOC hará unos dos años y medio aproximadamente. Recuerdo que durante las primeras sesiones me llamó la atención su grado de desconfianza, pero poco a poco eso cambió y se fue abriendo, dándome una oportunidad para ayudarle. No voy a contar su historia porque para eso está ella y su relato; solo diré que los resultados han sido fruto de mucho trabajo y constancia por su parte, con caídas de por medio de las que se levantó las veces que hizo falta. Ella es un ejemplo, como otros muchos pacientes, de que sí se puede ganar la guerra al TOC, pero no sin pasar por un difícil proceso hasta llegar a ello.
Estos posts me gustan mucho porque dan esperanza y motivación a gente que está donde estaba Lidia hace dos años, así que desde mi punto de vista es un escrito valioso. Salvo algún pequeño detalle que he cambiado para proteger su anonimato, no he tocado nada del relato: aquí te lo dejo tal cual me lo envió.
De todas las experiencias que he tenido en mi vida, las épocas en las que he vivido con TOC han sido sin duda las más dolorosas y difíciles. En la primera, que me ocurrió muy joven, al final de la adolescencia, recibí ayuda psicológica enseguida y creo que eso fue lo mejor que me pudo haber pasado. Aun así, recuerdo un profundo malestar, miedo, llanto y parálisis ante los pensamientos tan horribles que venían a mi cabeza y no entendía, porque no tenían nada que ver con lo que soy, era o había sido. No era comparable esto con los problemas que tenía la gente de mi edad, ni mis amigas… Ni siquiera con los cuadros de ansiedad que había conocido en mi padre y otros adultos.
Recuerdo la sensación de querer morir para no tener que convivir con ellos, siendo tan joven, con una relación de pareja con un chico al que amaba profundamente, toda la vida por delante. No hubiera podido soportarlo si la psicóloga no me hubiera asegurado que lo que me ocurría no tenía nada que ver con mi personalidad ni deseos, ni con ninguna personalidad oculta, sino que era una mala pasada de mi cabeza.
Yo siempre he pensado que mi tipo de TOC era diferente a todos los demás que nombrábamos en terapia y que salen más comúnmente en los libros. Creía que la naturaleza de los pensamientos que me atormentaban le daba mucho más peso a lo ya horrible que es cualquier proceso de este tipo. Mi tipo de TOC siempre ha sido del tipo sexual y relacionado con niños. Y claro, esto no es lo mismo que lavarse las manos… Pensaba yo. Estas ideas eran y son totalmente contrarias a todo lo que yo soy y pienso, y me causaban tanto rechazo que resultaba imposible para mí entender por qué una y otra vez me atormentaban estas ideas y dudas.
Cuando estás en esa situación, parece que no vayas a salir nunca. Da igual las veces que te lo expliquen o que tú en el fondo (muy en el fondo) sepas que esos pensamientos no coinciden con la realidad, ni con quién eres. Una y otra vez, el TOC te obliga a pasar por la tortura de creértelo, con todo el sufrimiento que esto conlleva y las dudas tormentosas una detrás de otra, hasta el punto de que llegas a confundir por momentos lo que es real de lo que no.
En aquella época, recuerdo llorar mucho en terapia y preguntarle mil veces a la psicóloga si eso iba a pasárseme algún día o si ya siempre tendría que vivir con ello. Al final resultó que esto también se convirtió en un tipo de compulsión. Así que callé e hice lo que me dijeron. Por mucho que yo pensara que no, al cabo del tiempo, con terapia, acabó remitiendo. Y me pareció solo una pesadilla. Mi mente lo enterró como me imagino que se deben enterrar los traumas más horribles.
Lo olvidé y llevé una vida sin TOC durante años. Estudié, me casé, encontré trabajo y fui feliz cuando tocaba.
En nada se diferenciaba mi vida de la de alguien que no hubiera tenido TOC nunca. Y esto es algo que, cuando pasamos las crisis, parece imposible. No podemos ver que lo único que nos diferencia del resto de la gente es nuestra imaginación. Si alguien me preguntara si se puede llegar a olvidar un TOC, le diría que sí, al menos al 99 %. Yo, de hecho, me olvidé tanto que jamás pensé que pudiera volver a pasarme algo así; simplemente pensaba: ¿cómo podía yo pensar esas tonterías? Y así, pensando esto, me hice adulta, con el recuerdo del dolor, pero sin entender cuál era el razonamiento o proceso que me llevó al TOC.
Años después, todo parecía tan lejano que olvidé cuidar mi debilidad con la ansiedad. Dejé que los problemas cotidianos me sobrepasaran y una situación de estrés laboral me hizo ponerme al límite. Entonces, para mi sorpresa y terror, volvieron a aparecer los mismos pensamientos.
La segunda vez se diferenció de la primera en que tenía más armas, por ser más adulta y haber pasado la primera terapia. Eso pudo hacer que me mantuviera más firme, aunque el peso del sufrimiento iba comiéndome cada día por dentro. Perdí mi esencia. Tanto psicológica como físicamente, podía decir que no parecía la misma persona: envejecí 10 años. Hoy veo fotos de esa temporada y lo veo claramente. Me olvidé de sentir, de lo que era permitirme sentir afecto o deseo e incluso notar otra piel contra la mía; me lo prohibí todo. Todos mis esfuerzos se centraban en paliar el malestar del TOC como podía y aparentar que no pasaba nada.
Mi psicóloga anterior ya no ejercía y me costó horrores encontrar a alguien que realmente me pudiera ayudar. Esta segunda vez fue el año más frustrante que pueda imaginar, donde llegué a creer que jamás lo superaría de nuevo, que esta sí era la definitiva, que se quedaría conmigo para siempre.
Pasé por varias psicólogas y un psiquiatra, y aunque conocían mi problema, las terapias fracasaban. Cada vez que tenía que comenzar de nuevo era un calvario, porque contar qué tipo de pensamientos tenía era difícil y angustioso para mí. Cada terapia fracasada, cada día que los pensamientos seguían igual, era una falsa prueba para mí de que jamás se irían.
Estuve a punto de tirar la toalla, pensando que una leve mejoría era lo máximo que podía lograr esta vez. Ya mi vida estaba adaptada a las compulsiones y, cuando el malestar profundo venía, simplemente cerraba los ojos y esperaba a que bajara de intensidad. Esta era mi rutina y estaba acostumbrada a ella; hasta llegó a parecerme cómoda, mucho más que enfrentarlo. Pero no me rendí. Yo quería mi vida de antes, recordaba lo que era estar sin el TOC y quería eso. Quería volver a ser yo. Así que fui cabezona y seguí buscando. Salí totalmente de mi zona de confort y comencé a buscar por internet información sobre el tipo de TOC que yo tenía. Encontré información muy diversa: alguna buena, otra no tanto e incluso algún intento de aprovecharse de la desesperación de personas que pasan por este tipo de procesos. Al final, encontré a una terapeuta que trabajaba una terapia concreta para el TOC y, lo más importante para mí, conocía mi tipo de pensamientos y había tratado a más gente con los mismos. Estaba lejos de mi ciudad, pero igualmente fui, al principio con mucha desconfianza. Cada sesión me suponía varias horas de viaje entre la ida y la vuelta.
No puedo decir que fuera fácil. Contarlo, muchos altibajos, las exposiciones, el miedo y trabajar como nunca lo había hecho. Pero después de medio año aproximadamente, llegó ese momento. Los pensamientos comenzaron a disolverse. No fue como la primera vez: esta vez fue mucho más consciente y creo que realmente llegué a entender muchas cosas. Todo avanza y realmente esta terapia me funcionó. El momento llegó, no de repente, sino que paulatinamente comencé a recuperar mi vida de nuevo.
Para mí, no fue despertar un día y no tenerlo (como tantas veces me había imaginado), sino que poco a poco fui recuperando la autonomía en mis pensamientos y sentimientos. El TOC ya no dominaba lo que pensaba, sentía y hacía. Nuevos sentimientos, sensaciones y conductas, esta vez sí propias (me gustaran más o menos), fueron apoderándose de mi día a día tan paulatinamente que apenas me di cuenta. Empezó a resurgir de nuevo mi personalidad, sin miedo. Y volví a recuperar mi yo. Me encontré de pronto contándole a mi psicóloga problemas cotidianos en vez de lo de siempre, y ahí es cuando me di cuenta de que había comenzado a sanar.
Hoy puedo decir que vuelvo a llevar una vida sin TOC. Mi consejo para todas aquellas personas que estén pasando por esto es que no se rindan nunca. Que busquen terapia aunque no les funcione a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera, y que no tengan miedo a cambiar de profesional las veces que haga falta si no funciona con el tiempo… Cada uno tiene un ritmo y un momento. El tipo de TOC sexual es muy difícil emocionalmente, pero el tiempo me ha hecho darme cuenta de que, al final, no se diferencia tanto de otros tipos, más que en la carga emocional y la vergüenza que sentimos. Creo que es importante encontrar psicólogos/as que conozcan el tipo de TOC que sufrimos, porque sentir que esa persona sabe cómo funciona tu cabeza y que más personas han pasado por lo mismo ayuda mucho.
No os quedéis con la idea de que el TOC no se puede superar. Aunque a ratos no podamos evitar creernos lo que nos viene a la cabeza, el peor error que cometemos es pensar que esto es para siempre. No puedo decir que nunca olvidéis quiénes sois, porque a ratos se olvida y es inevitable. Pero sí que sigáis confiando y no perdáis la esperanza de poder mejorar, porque no es imposible. El tipo de TOC sexual da más vergüenza de contar, parece más repulsivo porque se liga a algo muy rechazado socialmente, y ahí está muchas veces la clave de que se mantenga. Cuando se vaya, no será diferente de cualquier otro, ya que solo cambia el contenido, el escenario. Pero sigue siendo imaginación.
Hoy todo ese sufrimiento vuelve a ser recuerdo, pero esta vez con aprendizaje. Y aunque no sepa si puede volver en alguna época o no, tengo cada vez más herramientas para que nunca vuelva a ser lo mismo. Lo que un día me parecía imposible, ahora es una realidad. Al fin puedo volver a preocuparme de problemas cotidianos y reales.
No os rindáis nunca.
Gracias. Y una vez más, enhorabuena.
