Sara LlorensDoctora en Psicología especialista en TOCEscríbeme
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Amígdala, córtex, corazón: ¿seguimos evolucionando?

Del sistema límbico a la corteza cerebral, y quizá al corazón: cómo ha evolucionado nuestra mente y por qué la amígdala gana batallas, no la guerra.

5 min de lecturaDra. Sara Llorens

Como te comenté en Nuestro tercer cerebro: el corazón, me resulta muy interesante la investigación que la neurociencia lleva a cabo en los últimos años sobre el corazón como centro cognitivo y emocional. En este caso quiero hablarte de cómo el ser humano ha ido desarrollando diferentes partes de su sistema nervioso central y de cómo la concepción del corazón como nuestro tercer cerebro podría plantearse como una continuidad de la evolución de nuestra mente.

Vamos a ello…

El sistema límbico

Desde el principio de los tiempos hemos usado el cerebro límbico, la parte más primitiva de nuestro cerebro, que es básicamente la que se encarga de nuestra supervivencia y nuestras emociones. La amígdala es el elemento más importante del sistema límbico y se encarga de avisarnos cuando hay algo que amenaza nuestra supervivencia. Con el tiempo y la evolución, nuestro sistema límbico ha ido adoptando nuevas funciones, de forma que hoy en día también nos avisa si hay amenazas a nivel psicológico, es decir, algo que amenace nuestra estabilidad mental o que nos provoque estrés psicológico. Para que me entiendas, no hace falta que alguien te amenace con un cuchillo o que tengas un león a un metro para que tu amígdala se active. Ahora también ha aprendido a activarse cuando te enfrentas a un examen y te quedas en blanco, por poner un ejemplo. Un caso amenaza tu vida y el otro con fastidiarte el verano, no hay color, pero a tu amígdala le da igual: reaccionará de la misma forma. Además, un dato interesante es que la información que procesa nuestro sistema límbico va a una velocidad muchísimo mayor que la información que procesa la corteza cerebral. Esto tiene mucho sentido, ya que si la amígdala se encarga de nuestra supervivencia, deberá tener un funcionamiento extremadamente rápido para mandar las señales al resto del organismo y así activar los tres famosos sistemas de supervivencia: huida, lucha o parálisis. Dependiendo de factores varios, uno de los tres será el elegido.

Además, nuestro sistema límbico graba cualquier cosa que en el pasado fue una amenaza para cada uno de nosotros (física o psicológica). De forma que cuando percibe una situación igual o similar a aquella del pasado, se activa para protegernos. Si tenemos un buen funcionamiento y hay una amenaza real, actuaremos en consecuencia y salvaremos la vida. Si tenemos un buen funcionamiento y la amenaza no era tal, regularemos en ese momento las manifestaciones de su activación y nos calmaremos. Si no funcionamos bien porque padecemos algún tipo de trastorno relacionado con la disfunción del sistema límbico, no actuaremos de forma adaptativa. El trastorno por estrés postraumático sería un muy buen ejemplo de un sistema límbico disfuncional, ya que existe una hiperactividad de la amígdala y esta se dispara con mucha más frecuencia de la que debería. Esto ocurre porque la persona sobreestima el peligro (estima como amenaza algo que realmente no lo es) y está en constante hipervigilancia para “proteger” su integridad física y psicológica.

La corteza cerebral

Con el tiempo, el ser humano evolucionó a la “era mental” y empezó a hacer uso (y por ende a desarrollar) el córtex o corteza cerebral. En un principio, esta parte del cerebro es la más evolucionada. El córtex se encarga de procesar la información que viene de nuestro ambiente, filtrarla, racionalizarla… ayudándonos así a actuar en consecuencia. Para que me entiendas, es el que te ayuda a mantener una conversación con sentido, a estudiar, a leer este artículo y asimilar la información que contiene… por citar algunos ejemplos. La corteza cerebral representa nuestra parte mental, nuestra cognición. Es la razón principal de que hoy en día dispongamos de toda la tecnología de la que disponemos. ¿Por qué? Porque es la parte de nuestro cerebro que se encarga de nuestra imaginación y nuestra creatividad. Sin ella no habría avances, porque el ser humano no tendría la capacidad de imaginar y por lo tanto no podría pensar en algo que no existe para luego crearlo en el mundo de los sentidos, el nuestro. La corteza o córtex es la que funciona en nuestro día a día, en lo cotidiano, cuando las emociones están presentes a un bajo nivel o simplemente no están presentes.

El córtex funcionará en primer lugar siempre y cuando no haya un nivel de emociones muy elevado. Si, por ejemplo, estás trabajando tranquilamente frente a tu ordenador, tu corteza será la que esté funcionando, pero si de repente oyes algo relacionado con un despido mientras tu jefa te mira a lo lejos, a menos que tu trabajo te sea indiferente, tu amígdala se activará y tu corteza pasará a segundo plano. ¿Y eso qué implica? Que intentarás seguir escribiendo tu informe en el ordenador pero no atinarás ni una, porque tus emociones están en su máximo exponente y solo puedes pensar en tu (supuesto) inminente despido, en que no vas a poder pagar la hipoteca y en toda una cascada de situaciones catastróficas que habrán acontecido en tu cabeza en milésimas de segundo. Las palpitaciones, la sudoración, el mareo, la sequedad de garganta y un largo etcétera serán la forma que tiene tu cuerpo de reaccionar ante lo que tu amígdala ha decidido que es una amenaza.

Para que me entiendas, si hay emociones intensas de por medio, la amígdala tiene todas las de ganar. De ahí lo típico que tanto oímos: “estoy bloquead@, no puedo pensar”. Afortunadamente, en circunstancias normales, la amígdala gana batallas pero no la guerra.

¿Y el corazón?

Actualmente, algunos profesionales se plantean los últimos descubrimientos sobre las funciones del corazón como parte de esta etapa evolutiva, que empezó con el sistema límbico y continuó con la corteza cerebral. ¿Representa el corazón una forma más evolucionada de nuestro mundo cognitivo y emocional? ¿Podría dar lugar a niveles de conciencia mayores? En el artículo anterior comenté la hipótesis, todavía sin demostrar, de que el corazón procesaría las emociones libre de recuerdos. ¿Podría esto representar un procesamiento emocional a un nivel superior que daría lugar a una mejor gestión de las emociones? ¿Realmente hay una asociación entre la intuición y el procesamiento de información a través de este órgano? ¿Qué implicaciones tendría, de ser el caso? Si alcanzáramos la llamada coherencia cerebro-corazón que comentaba en ese artículo (un concepto que todavía se está investigando)… ¿supondría eso el uso máximo de nuestras habilidades cognitivas? Si fuera el caso, ¿supondría el desarrollo de capacidades que ahora mismo ni imaginamos? Por ahora son preguntas abiertas y, en buena parte, especulativas. Sabemos que algunas personas destacan en ciertas capacidades mentales muy por encima de la mayoría; sería interesante estudiar ciertas variables relacionadas con el tema en este grupo de población para poder continuar avanzando en este campo.

Estas son algunas pocas cuestiones interesantes que esperemos que la neurociencia vaya respondiendo con el tiempo. El tema da mucho que hablar y continuaremos comentándolo en otro momento.