Sara LlorensDoctora en Psicología especialista en TOCEscríbeme
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Preguntas típicas a un psicólog@

¿Desconecta un psicólogo de sus casos? ¿Va a terapia? ¿Ha llorado en consulta? Respondo a las preguntas que más me hacen sobre mi profesión.

4 min de lecturaDra. Sara Llorens

Cuando dices que te dedicas a la psicología, la gente hace ciertas preguntas, y algunas de ellas suelen ser muy frecuentes. Hoy me apetece comentarte algunas; sobra decir que es únicamente mi punto de vista y mi experiencia personal/profesional (y la de algunos compañer@s con l@s que he compartido estos temas). Vamos con algunas…

Cuando digo a qué me dedico, la pregunta que me hacen con más frecuencia es aquella de: “¿Puedes desconectar de los casos que tratas una vez sales del trabajo?”, y a continuación viene el típico “Yo no podría”. Sí se puede, en mayor o menor grado, pero se puede y se debe. De otra forma, ejercer esta profesión sería inviable a largo plazo sin poner en juego la propia salud mental y, en consecuencia, la calidad del propio trabajo. Obviamente, al principio cuesta más, pero, como todo en esta vida, el ser humano se habitúa a las situaciones cuando se expone a ellas repetidamente, y esto no es diferente.

En mi caso concreto, reconozco que he sabido desconectar casi por completo desde que empecé a ejercer, lo que considero una suerte, porque recuerdo que al principio me preocupaba no saber hacerlo, supongo que como a la mayoría de mis compañeros cuando empiezan. Tengo compañeros a los que les cuesta más, pero siempre se esfuerzan en alcanzar cierto grado de desconexión de los casos que tratan por su propio bienestar. Ojo, no hay que confundir esta desconexión de la que hablamos con una falta de interés por los pacientes. Nada más lejos de la realidad. Se trata de saber poner límites.

Otra de las preguntas que me han hecho en varias ocasiones es si yo misma voy a un psicólogo. A veces me lo preguntan pensando que, al oír tantas situaciones problemáticas, el psicólogo puede necesitar terapia para cuidar su propia salud mental. En otras ocasiones lo hacen porque hay gente que piensa que los terapeutas deberíamos pasar por terapia, la necesitemos o no, como “parte obligada” de nuestra trayectoria profesional. No voy a un psicólogo. Sí es verdad que este tipo de trabajo demanda una gran cantidad de energía mental y emocional, sobre todo cuando se lleva un ritmo laboral relativamente alto. Recuerdo que en el pasado siempre me comentaban cosas como “Es una profesión dura, yo no podría”, y todas y cada una de las veces que me han hecho este comentario se me ocurrían decenas de profesiones mucho más duras que la mía. Y, si bien sigo pensando lo mismo, a día de hoy puedo afirmar que este trabajo te tiene que gustar, porque realmente requiere mucha energía. Si te gusta, el resto compensa.

Si bien es cierto que no voy a terapia, sí me he dado cuenta de que tengo necesidades que antes no tenía y que se deben al carácter de mi trabajo. Por ejemplo, me he convertido en una gran admiradora del silencio. Lo necesito a diario más que antes. En mi caso, la ausencia de estímulos externos me ayuda a recargar pilas, ya que en terapia suele darse la situación contraria. A nivel personal, esta es una de las muchas formas que tengo de recuperar la energía invertida en consulta sin necesidad de acudir a otro profesional, aunque hacerlo sería una forma tan válida como cualquier otra. Cada compañero lo hace a su manera y, a fin de cuentas, lo que importa es que dé resultado, ya que esto repercutirá positivamente en la salud mental y en la calidad del trabajo.

Otra cuestión que surge a veces es si he llorado en consulta. Considero que como profesionales debemos intentar aguantar, aunque haya situaciones en las que a veces se hace muy difícil. Desde mi punto de vista, el paciente tiene que tener al psicólogo como un pilar fuerte, una base sólida en la que apoyarse hasta que encuentre la suya propia. El paciente tiene que sentirse cómodo llorando, sin necesidad de preocuparse por los sentimientos que ese desahogo pueda provocar en el profesional que lo trata. En la sesión, la atención ha de centrarse en una persona, y esa no es el terapeuta.

Me habrá pasado dos o tres veces a lo largo de mi trayectoria, pero admito que se me han puesto lágrimas en los ojos al ver llorar delante de mí a alguno de mis pacientes, y he llegado a escribir alguna nota o a mirar unos segundos hacia otro lado para evitar que esas lágrimas cayeran. Con los años de ejercicio, el impacto que te causa ver llorar a una persona en consulta no es el mismo que al principio. Si no fuera así, sería una locura para el profesional. Sin embargo, normalizar algo por estar habituado a ello no te hace inmune…

Ah, sí… se me olvidaba… También está la pregunta del millón: “Verás muchas rarezas, ¿no? Porque la gente está muy mal”. Me vas a perdonar, pero “las rarezas” me las suelo encontrar más bien fuera de consulta. Mi respuesta siempre ha sido la misma hasta ahora: la verdad es que no, viene gente muy normal (si es que eso de normal significa algo). El 90 % de la gente que viene a terapia suelen ser personas inteligentes, con sentido común y “bien amuebladas”, pero con problemas que no logran resolver por sí mismas y piden ayuda. Nada más. Siempre hay excepciones pero, como he dicho, me encuentro muchas más “excepciones” fuera de mi trabajo.

Probablemente, tras escribir esto se me ocurran más preguntas, pero aquí están algunas de las más frecuentes. Algún día escribiré sobre las falsas ideas que mucha gente tiene sobre nuestra actividad…