¿Y qué hay de los familiares?
La familia del paciente también sufre, a menudo en silencio. Su papel en terapia: colaborar sin cargar con la recuperación, empezando por psicoeducación.
En todos estos artículos te hablo de los pacientes. A veces lo hago de forma más directa que otras, pero al final siempre se trata de ellos. Ellos son los protagonistas de la terapia y por ello, en muchos casos y sin darnos cuenta, dejamos a la familia en segundo plano o… en tercero… o en ninguno. El paciente es quien más sufre y quien va a consulta pidiendo ayuda, pero en bastantes casos la familia sufre casi igual que el propio paciente.
Es importante recalcar a los familiares que una cosa es participar en la terapia implicándose y siguiendo las pautas del terapeuta, y otra cosa muy distinta es que carguen con la responsabilidad de la recuperación del paciente. La responsabilidad recae sobre los hombros del paciente, no de los familiares. Los familiares ayudan, colaboran. El paciente actúa, avanza. Yo siempre recalco a los familiares que su colaboración importa, que todos hemos de ir a la par, pero que tenemos (los familiares y yo) poder hasta cierto punto y que, por mucho que nos esforcemos, si el paciente no quiere, no podremos.
En bastantes ocasiones uno de los familiares (siempre suele haber uno que se implica más que el resto) me dice: “Es que ya no sé qué más hacer para que cambie”, y mi respuesta suele ser similar en todas esas ocasiones: el planteamiento no está bien hecho, no eres tú quien tiene la capacidad para hacerle cambiar. Es él o ella quien debe coger el toro por los cuernos. Tú ya estás haciendo todo lo que está en tu mano.
A veces, el familiar te llama simplemente para desahogarse con alguien objetivo que comprenda la situación y para compartir algunos sentimientos que socialmente podrían considerarse “inaceptables” a ojos de muchos y que, por ello, la persona no comparte con amigos o gente cercana. A veces los familiares lloran delante de ti de pura desesperación. A veces gritan, no porque estén enfadados contigo, sino porque lo están con la situación, con la vida. A veces los familiares te cuentan opciones descabelladas que han barajado por mero desconocimiento sobre el tema, y entonces tú puedes aprovechar para orientarles a través del conocimiento que tengas, para que no caigan en manos u opciones que lo único que les van a proporcionar, en el mejor de los casos, es una caída en picado de la cuenta corriente. A veces los familiares te piden que mientas. Esto último es algo que me genera especial rechazo porque soy una persona que necesita expresarse con mucha libertad, y las mentiras te obligan a vigilar lo que dices. Y suelen traer problemas. Siempre son mentiras piadosas, mentiras que, en cierta manera, justifican el fin. Mentiras con buen sentimiento y mirando siempre por el paciente. Siempre hay casos y casos, siempre hay excepciones, pero por norma general no lo veo aconsejable por una cuestión de ética.
Cuando ves a familiares preocupados, con ganas de implicarse, siempre y cuando el paciente (mayor de edad) apruebe esa implicación, lo primero de todo en terapia es la psicoeducación sobre el tema a tratar. El conocimiento es básico. Ideas claras, concisas y con un lenguaje adaptado a la persona sentada enfrente: qué tiene su hijo, hermano o pareja, cómo se origina, cómo se trata, cómo puede colaborar, qué no tiene que hacer y por qué, porque lo que ha hecho hasta ahora y creía que estaba bien no lo está… Estos son algunos de los temas básicos. Que pregunten sus dudas, aunque les parezcan barbaridades: que las pregunten.
Hay casos en los que los familiares te piden consultas para ellos mismos, para poder desahogarse con algo más que una llamada y aprender a lidiar mejor con la situación en casa, ya no por el paciente sino por sí mismos. Esto sucede en una minoría de los casos, pero es buena idea si se puede llevar a cabo.
En cualquier caso, el mensaje que quiero transmitir con este artículo es recordarnos a todos el papel tan sacrificado de los familiares. En la sombra y haciendo poco ruido, pero al pie del cañón.
