¿Qué es la sideración psíquica? (2ª parte)
Sideración psíquica y disociación tras un trauma: qué ocurre en el agresor y en la víctima, y por qué a mayor trauma menos credibilidad recibe la víctima.
En la primera parte hablábamos de sideración psíquica y de la consecuente disociación que se da en ocasiones al vivir situaciones traumáticas. Bien, pues hubo algunos puntos interesantes que se nos quedaron por comentar. En este segundo artículo quiero hacer hincapié en la parte de la disociación, tanto del agresor como de la víctima, especialmente en la de la víctima.
¿Qué hay del agresor? ¿Cómo puede ser alguien capaz de realizar tales actos? ¿Cómo se puede hacer algo así a otro ser humano? ¿Cómo se vive con ello? Entre las funciones que se atribuyen a las llamadas neuronas espejo está la de ayudarnos a empatizar con las emociones de otros (aunque su papel exacto en la empatía humana todavía se debate). Algunos autores proponen que, en el momento en el que el agresor ataca, en él se produce también una disociación emocional que bloquea esa respuesta empática. De esta forma es mucho más fácil y cómodo para el individuo continuar con lo que está haciendo, ya que apenas empatiza, no siente el sufrimiento de su víctima. Se ha descrito como un fenómeno frecuente en las situaciones de violencia extrema: el agresor se desconecta emocionalmente de la víctima.
Por otra parte, la disociación de la víctima puede durar mucho más allá del momento del trauma. Es más, si por cuestiones de la vida la víctima está en contacto continuo con el agresor, la duración de la disociación es mayor y de puertas para fuera parece que “está bien”, cuando en realidad es todo lo contrario, aunque ni la propia víctima es consciente de ello (y, por lo tanto, hay menos probabilidades de que pida ayuda). Podría decirse que cuanto mayor es el peligro que corre la víctima en su día a día, más intensa y duradera es la disociación, ya que es su forma de protegerse. Una máscara invisible hasta para quien la lleva puesta.
Todo esto hace que las posibilidades de recibir ayuda disminuyan, ya que la gente de alrededor se preocupa menos. ¿Por qué? La víctima está desconectada de sus emociones y por lo tanto no muestra ninguna. Cuando estamos frente a alguien que no muestra emociones, nuestra respuesta empática se activa mucho menos y nos cuesta empatizar con esa persona. Si no empatizamos, no sabemos lo que siente, con lo que es más complicado percibir que esa persona necesita ayuda.
Entonces la idea general sería:
Cuanto más traumática es la situación, mayor disociación (durante y después) y, por lo tanto, menos credibilidad se le da a la víctima.
Como te comentaba en la primera parte, la formación en estos conocimientos es esencial para todo aquel profesional que pueda tener cierto rol en un proceso de este tipo (psicólogos, psiquiatras, policía, jueces, abogados, jurado… Y, claro está, familiares y allegados a las víctimas), porque es de este modo como puede darse un trato justo a estas situaciones y como puede verdaderamente empezar el camino de ayuda a la víctima. Los procesos terapéuticos en estos casos son largos y el objetivo de la terapia, como ya he comentado en otros artículos que trataban el estrés postraumático, es conseguir que la persona llegue a integrar y almacenar en su memoria el trauma como un recuerdo, sin revivirlo con el mismo dolor cada día.
