Sara LlorensDoctora en Psicología especialista en TOCEscríbeme
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¿Cómo trato el duelo con un niño?

Cómo explicar una muerte a un niño y acompañarle en el duelo: pautas sencillas sobre la verdad, el funeral, las emociones, la culpa y el afecto.

3 min de lecturaDra. Sara Llorens

En alguna ocasión anterior te he hablado del duelo, pero nunca antes dirigido a niños. Cómo gestionar la situación suele ser un interrogante para los adultos cercanos a niños que acaban de perder a un ser querido: ¿se lo digo en el momento o lo retraso? ¿Le quito importancia? ¿Lo distraigo para que no piense en ello? ¿La palabra “muerte” está permitida o mejor uso términos más abstractos (se ha ido al cielo, de viaje…)? ¿Puedo permitirme estar triste delante del niñ@?… Son algunas de las preguntas más frecuentes. En circunstancias normales, los niños no tienen por qué tener complicaciones extra a la hora de llevar a cabo un duelo. Dependiendo de la edad, tienen un concepto de la muerte más o menos realista: los tres componentes básicos de la muerte no se suelen llegar a entender hasta algún momento entre los 5 y los 7 años:

  1. Irreversibilidad.
  2. Ausencia total de las funciones vitales.
  3. Universalidad.

Antes de eso, los niños no suelen llorar, sino que preguntan reiteradamente por el fallecido (dónde está y cuándo volverá), porque, más que tristeza, los sentimientos que destacan son la perplejidad y la confusión. Existen unas pautas generales de ayuda a la hora de comunicar y tratar el fallecimiento con el niño:

  1. Explicar con honestidad, suavidad y pocas palabras lo que ha pasado. No hay que caer en el error de sobreproteger al pequeño, por lo que no hay que mentirle diciéndole cosas como que “está de viaje” o “volverá en un tiempo”, porque este tipo de falsas explicaciones pueden complicar el duelo. Sinceridad a la par que suavidad, y siempre teniendo en cuenta la edad del niño, ya que un niño de 3 años no concibe la muerte como lo pueda hacer un niño de 9.
  2. No se debe prohibir al niño acudir al funeral o formar parte de rituales relacionados, ya que esto le ayudará a comprender y aceptar mejor la situación. Tampoco se le ha de obligar si el niño no quiere formar parte de los mismos. Es decir, hemos de darle la oportunidad de poder escoger hasta qué punto quiere participar en el proceso y de qué manera quiere hacerlo.
  3. Hemos de permitir al niño que exprese sus emociones con libertad, bien a través del llanto, del enfado o de la palabra (de qué forma lo exprese dependerá mucho de la edad). Entre adultos y con el niño, hemos de intentar hablar de la persona fallecida con la mayor naturalidad posible para ayudar a que el niño se sienta libre de hablar de ella también, evitando así que el tema se convierta en un tabú.
  4. Hemos de tener cuidado con el sentimiento de culpa que pueda generar el propio niño. A veces, en algún momento de enfado en el pasado, el niño puede haber pensado o dicho algo relacionado con la muerte de esta persona y sentirse culpable tras el fallecimiento. Hay que enseñarle e insistir en diferenciar la realidad del deseo, y en tener un buen criterio sobre el poder de los pensamientos, para que el duelo tenga un curso normal y no patológico.
  5. Las demostraciones de afecto del adulto al niño son esenciales, con lo que abrazos, besos, caricias o cualquier muestra de cariño no solo son bienvenidas, sino necesarias. Tampoco hay que esconderle el dolor: si el adulto está triste o tiene ganas de llorar, puede expresarlo delante del niño.
  6. Hemos de tener cuidado de no cargar al niño con responsabilidades que no son suyas. Él o ella ya tiene su rol en la casa y no debemos confundirlo haciéndole ocupar un espacio en el hogar que no le corresponde.

En cualquier caso, si viéramos que pasan los meses (no antes: cuidado con convertir en patologías procesos que son normales) y se mantienen o agravan ciertas conductas disfuncionales (absentismo escolar, rabietas que se mantienen y se van agravando con el tiempo, llanto excesivo, sintomatología física que no se explica por causas fisiológicas…), sería conveniente acudir a un profesional para que evalúe al pequeñ@ y, en caso de que la situación lo requiera, averiguar qué está interfiriendo en el proceso para poder solventarlo de la manera más adecuada.