Sara LlorensDoctora en Psicología especialista en TOCEscríbeme
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Cuando Anna conoció a Ben. O cuando una neurotípica se enamora de un Asperger

Anna se enamoró de Ben: brillante, directo y diferente. Un caso real sobre el Síndrome de Asperger en la pareja y por qué importa el diagnóstico.

5 min de lecturaDra. Sara Llorens

Nota: desde el DSM-5 el síndrome de Asperger se incluye dentro del trastorno del espectro autista (TEA). En este artículo mantengo el término porque es el que muchas personas siguen usando.

Cuando Anna conoció a Ben (vamos a llamarlos así), lo que más le fascinó fue que era diferente al resto. Alguien bastante particular. Características que hubieran echado para atrás a muchas otras mujeres eran como un imán para Anna. Era muy evidente que Ben mostraba un coeficiente intelectual muy por encima de la media, lo que se manifestaba a todas luces de muy diferentes formas y en especial por su destacada habilidad para las matemáticas. A Anna le llamaba la atención su forma de hablar: aquel uso de un lenguaje tan correcto y formal, un vocabulario tan rico, ese uso de la semántica (tan excepcional hoy en día…); también le atraía el concepto de justicia social que claramente se manifestaba en los objetivos profesionales, muy ambiciosos, de Ben. Él había viajado y vivido en diferentes partes del mundo debido a sus diferentes proyectos. El trabajo era algo a lo que Ben se entregaba en cuerpo y alma (en realidad esto es un eufemismo, porque se trataba de una más que evidente adicción al trabajo).

Ben era una persona muy independiente. Y solitaria. Le dijo a Anna desde el principio que se encontraba extremadamente incómodo en las interacciones sociales, que le suponían todo un reto y que solo se exponía a ellas cuando no le quedaba más remedio, mayoritariamente por temas laborales.

La inteligencia de Ben era de tipo lógica y racional, no emocional. También le confesó a Anna desde el primer día que su coeficiente emocional era extremadamente bajo y por ello una de las muchas cosas que le atraían de Anna era precisamente que ella manifestaba lo contrario en esa área. Anna no acababa de entender muy bien esto último, porque parecía que Ben sí supiera expresar emociones propias e interpretar las ajenas; también captaba bromas, sarcasmos, metáforas… si bien es cierto que otras muchas veces Ben abusaba de respuestas excesivamente asertivas y racionales cuando la situación obviamente requería una mayor empatía y emocionalidad. En muchas ocasiones también era muy literal como resultado de no captar respuestas coloquiales, expresiones hechas… Eran pequeñas cosas que llamaban la atención de Anna pero no le suponían un problema; más bien le suscitaban curiosidad en un sentido positivo y le parecían graciosas. Algo muy destacable que Anna relacionaba con el tema de la inteligencia emocional era que Ben parecía ser una persona muy centrada en sí mismo y, aparentemente, no mostraba interés por las cosas de los demás, incluidas las de ella. Vamos, lo que viene siendo un muy bajo nivel de empatía. Anna lo hubiera tachado de egoísta, pero el caso es que no podía porque no era esa su impresión. Se perdía, había cosas que chirriaban, que no entendía, como si faltaran piezas…

Ben siempre decía la verdad, era muy directo y no tenía filtros, lo que le convertía en una persona honesta y fiable. Poseía un sentido de la moral elevado. Además, había algo muy curioso: parece ser que Ben poseía una hipersensibilidad fuera de lo común a los olores y al tacto.

Ben le contó a Anna que desde siempre había tenido problemas para relacionarse a nivel de amistad y a nivel romántico. Los motivos son obvios: por mucho atractivo físico y muy elevado coeficiente intelectual que uno tenga, la inteligencia emocional es imprescindible en este mundo y, si careces de ella de forma significativa, los demás probablemente reaccionen con rechazo. No van a entender que tu forma de vivir el mundo es diferente, ni mejor ni peor, distinta. A las personas nos cuesta aceptar todo lo que represente una diferencia, sobre todo si nos cuesta entenderla.

Cuando Anna se sentó frente a mí a ponerme al día y me preguntó qué pensaba (mientras observaba su ilusión y entusiasmo reflejados en su mirada y en cada palabra), le dije con toda sinceridad que sonaba muy bien, pero también le comenté que las características que describía me recordaban a un determinado cuadro diagnóstico. Desde mi punto de vista, Ben tenía muchos rasgos del Síndrome de Asperger y parecía entrar en el grupo de Asperger con altas capacidades (no todos lo son). Ella se quedó parada y me dijo que no era posible porque él sí captaba sus emociones muchas veces y sabía expresar las propias. Y le expliqué que hay niveles y que las personas con Asperger, con trabajo y mucho esfuerzo, son capaces de aprender a mostrar empatía. Con sus capacidades y lo que parecía ser una cultura del esfuerzo muy elevada, probablemente Ben aprendió a gestionar mejor el mundo emocional, aunque aun así diste mucho del que posee cualquier neurotípico (persona sin ningún rasgo del espectro autista).

Anna se fue pensativa tras nuestro café y me escribió dos días después diciéndome que había hablado con Ben y que, efectivamente, ese era el diagnóstico. Cuando Anna le preguntó por qué no se lo había dicho antes, él, como buen Asperger, le respondió: “No me lo habías preguntado hasta ahora”.

Le expliqué a Anna que uno nace con el Síndrome de Asperger, que es una condición vital y no una enfermedad. Además, en muchos de ellos destacan unas cualidades muy importantes: mienten poco (ojo, sí que tienen la capacidad, pero no la suelen utilizar), a menudo son muy leales y nobles, y tienen un sentido de la moral y la ética elevado. Suelen ser muy organizados y metódicos. Cuando algo es objeto de su interés, pueden convertirse en verdaderos genios de la materia, como es el caso de Ben. Sin embargo, suelen tener importantes dificultades a nivel social que deben trabajarse para que puedan tener mayor calidad de vida y sentirse integrados en la sociedad. Tienen otras desventajas que comentaré en otro artículo, pero el área social, por lo mucho que les suele costar identificar y manejar las emociones, es la principal. Hay que dejar claro que muchas personas con Asperger sí quieren tener amigos y relacionarse, pero no saben cómo hacerlo, y acaban aislándose como consecuencia del rechazo social que les acompaña, en muchos de los casos, toda su vida.

Es muy importante el diagnóstico (por eso se lo hice saber a Anna), ya que requieren un trato diferente en muchas áreas, mayor paciencia, delicadeza y tolerancia para poder ayudarles y que tengan la oportunidad de aprender. Muchas situaciones van a causar frustración a quienes vivan cerca de una persona con Asperger; si se tiene conocimiento de la situación y de cómo funcionan, la comprensión de muchas de las circunstancias puede ayudar a disminuir el nivel de frustración de la pareja, los amigos o los familiares. Cuanto más informados estén sus allegados, mejor sabrán cómo manejarse con ellos y más probabilidades de éxito habrá en cualquier tipo de vínculo que se establezca.

Qué decir: a día de hoy, Anna se está volviendo una experta en el tema…