El arte de soltar
Por qué nos cuesta tanto dejar ir trabajos, parejas o ideas que nos hacen daño, y las dos fases de soltar: decidir y ser consecuente con lo decidido.
Muchas de las consultas se deben a temas cotidianos que, por una razón u otra, se han enquistado convirtiéndose en un tormento para quien los vive. Una de las problemáticas más comunes en este tipo de situaciones es la gran dificultad que tiene el ser humano para soltar. Nos cuesta la vida dejar ir. En más ocasiones de las deseables creamos vínculos tan fuertes, a veces reales y otras imaginados, que nos atan a situaciones, personas, trabajos e ideas por muy dañinas que resulten para nuestra salud mental. Esto nos pasa con muchas y diferentes situaciones: un trabajo que no nos gusta y en el que no se nos valora, relaciones de amistad tóxicas, ideas/planes sobre cómo se supone que debemos vivir la vida, relaciones de pareja… No las soltamos debido a inseguridades, miedos y a la muy baja tolerancia a la incertidumbre que nos caracteriza a una gran mayoría.
Soltar es todo un arte e implica dos fases muy claras:
La fase 1 sería la toma de decisiones. Marcharse o dejar ir conlleva una decisión y esto a veces resulta un mundo para el protagonista. Tomar decisiones implica un riesgo y esto no siempre es fácil de asumir, especialmente si a esa decisión le acompañan sentimientos. Aquí te pongo ejemplos de tres pacientes, cuyas palabras representan lo que quiero explicarte:
Pablo (8 años en un trabajo que no le gusta y en el que no se siente valorado):
Si dejo mi trabajo puedo intentar montarme algo por mi cuenta, algo que me ilusione y me guste. O puedo solicitar empleo en otra empresa que me valore más, pero también es cierto que puedo fracasar… podría arrepentirme de haber dado este paso… y esa posibilidad me tiene bloqueado. ¿Y si me equivoco? ¿Y si las cosas salen mal? Me siento atrapado y me pasa porque soy un cobarde.
Diana (quien lleva 6 años intentando ser madre junto a Mario, su pareja desde hace 10):
Siempre he querido ser madre, no imagino la vida sin serlo. Mario y yo lo llevamos intentando años, poniendo todos los medios posibles, invirtiendo la mayoría de nuestros ahorros, y con cada intento fallido nos venimos más abajo. Estamos destrozados, no podemos más, pero si abandono la idea, ¿qué será de nuestra vida? ¿Y si no consigo ser feliz? ¿Y si Mario cambia de opinión en unos años? Me aterra la idea de no bastarnos el uno al otro, de que él no sea feliz por no haberle podido dar un hijo. No quiero abandonar, pero me noto al límite desde hace ya tiempo.
Verónica (lleva casi año y medio con su pareja y con dudas desde los inicios):
No sé lo que hacer. Le quiero, pero es que sé que no tenemos nada que hacer juntos. Venimos de dos mundos diferentes, a la larga no hay nada que hacer. No dejo de decirle que esto no va a funcionar, pero tampoco soy capaz de cortarlo porque en muchas cosas sí me hace feliz y desde que empecé con él estoy mejor. Tengo miedo de dejarlo y luego estar peor o de estar como estaba antes de conocerle. Siendo honesta… también tengo miedo a estar sola.
Una vez conseguimos tomar la decisión, lo que puede costar meses (si no años), pasamos a la fase 2: ser consecuente con la decisión tomada. No volver hacia atrás, no ir con idas y venidas. Vivimos gran parte del tiempo mirando por los espejos retrovisores. La fase 1 hay que trabajarla a conciencia para que la fase 2 sea más fácil de llevar a cabo, dentro de la dificultad que conlleva.
Por ejemplo, el caso de Silvia. Silvia había estado 6 meses en consulta a raíz de una ruptura sentimental mal llevada, tras haber estado 7 años con su expareja. Las razones de la ruptura no vienen al caso, pero la conclusión que sacamos era que él no podía hacerla feliz porque sus necesidades y caracteres eran incompatibles. Nos veíamos una vez cada 15 días, ella trabajaba bien, las circunstancias fueron a nuestro favor y al poco tiempo fue mejorando. El día de nuestra última sesión me dijo (con la típica sonrisa que pone un paciente cuando te dice algo que sabe que va totalmente en contra de todo lo que habéis trabajado…) que se había comunicado con un amigo de su expareja y que estaba pensando en quedar con su ex para tomar un café para “ver cómo le iba todo”. Las dos sabíamos que en este caso era una pésima idea y que la realidad era que no estaba preparada. El diálogo podría resumirse brevemente así:
Silvia: Y eso… así que me lo estoy pensando. ¿Qué piensas?
Yo: ¿Cuál es el objetivo de esa quedada?
Silvia: Lo que te he comentado, ver cómo le va y, ya sabes, esas cosas.
Yo: Intenta ser honesta contigo misma y, si realmente ese es el único objetivo y te ves preparada, entonces adelante. Aunque no creo que sea una buena idea. Reflexiona sobre qué es lo que pretendes de verdad con este movimiento y también sobre si realmente estás preparada.
Silvia: Silencio y sonrisa.
Yo: Tú vas a hacer lo que quieras, porque yo no soy quién para decirte lo que tienes que hacer, pero sí te digo que nos ha costado llegar hasta aquí y que lo has pasado muy mal. Merece la pena que por lo menos reflexiones sobre el tema antes de mover esa ficha.
Silvia: Si lo pienso bien, sé que no estoy preparada y que verle es arriesgar mucho. Pero al hablar con su amigo me han venido recuerdos y ahora que estoy más fuerte… Además, ¿y si algún día me lo cruzo? No puedo tener miedo de verle, ¿no? Se supone que hemos trabajado para fortalecerme, no para esconderme.
Yo: Cierto, pero una cosa es esconderte y otra meterte en la boca del lobo. Ya te has desvinculado de él a casi todos los niveles. Si quedas con él, será volver atrás y te arriesgas a perder todo lo ganado. Quizás no ocurra, pero en cualquier caso has de valorar si te merece la pena. Si sigues mirando hacia atrás, no te vas a conceder nunca la oportunidad de ver lo que te espera.
Silvia me escribió días después diciéndome que había tomado la decisión de no verle, y tengo que decir que me alegré por ello porque lo contrario hubiera desembocado en un caos emocional.
Los vínculos son esenciales en la vida del ser humano; si bien es cierto que tan importante es crearlos como saber cuándo hay que romperlos.
